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Catholics United for the Faith is working to translate our popular Faith Facts series into Spanish. Below is posted the first in the new series of Spanish Faith Facts. If our Spanish-speaking readers would leave any comments or feedback in the comments field, it would be greatly appreciated. 

Siguiendo a Nuestros Obispos

         Pregunta: Cómo Católico Romano, entiendo que el Papa tiene autoridad sobre toda la Iglesia, ¿pero, entonces, cuál es el papel de mi obispo local?

 

       Respuesta: El Catecismo de la Iglesia Católica, en su número 896, nos enseña que “los fieles deben estar unidos a su obispo como la Iglesia a Cristo y como Jesucristo al Padre.” Los obispos ejercitan su autoridad a  nombre de Cristo en sus respectivas diócesis. Esta autoridad debe ser ejercida en comunión con toda la Iglesia bajo la dirección y guiá del santo padre.

 

       Discusión: En una época sin ley, en la que no se respeta la autoridad de Dios, ni se honra a los padres, no es

de sorprender que la autoridad y dignidad de los obispos, como sucesores de los apóstoles, es continuamente socavada. A principios del  siglo segundo, después de Cristo, San Ignacio de Antioquía escribió lo siguiente: “Obedeced todos al obispo como Jesucristo a su Padre, y al presbiterio como a los Apóstoles; en cuanto a los diáconos, respetadlos como a la ley de Dios. Que nadie haga al margen del obispo nada en lo que atañe a la Iglesia” (Carta a los Esmirnianos 8:1). Por su parte, el concilio Vaticano II afirma que “los obispos por institución divina han tomado el lugar de los apóstoles como pastores de la Iglesia, de tal manera, que los que los escuchan están escuchando a Cristo y los que los desdeñan, desdeñan a Cristo y a aquel que envió a Cristo” (Lumen Gentium, No. 20).

Los fieles Católicos, generalmente, no tienen problemas en aceptar, en principio, el hecho de que la Iglesia es jerárquica. Sin embargo, la jerarquía no es, tan solo, un principio abstracto, es, de hecho, una forma de vida en la Iglesia. De hecho, existen  muchos niveles que separan al  Católico laico del Papa Francisco. El Papa simplemente no puede encargarse, personalmente, de todos los asuntos que se presentan a nivel local en la iglesia. Pues como dijo un oficial del Vaticano alguna vez: “Hay billones de Católicos Romanos en todo el mundo y nosotros sólo tenemos dos empleados de habla inglesa.” La primera pregunta, que automáticamente se hace, cuando se presenta algún asunto que requiere la atención de uno de los oficiales del Vaticano es: “¿se ha consultado a las personas apropiadas?” De acuerdo al principio de subsidiaridad, la Iglesia siempre quiere resolver los problemas, en lo posible, al nivel local más cercano al problema o asunto en cuestión. Por esto debemos respetar la “cadena de autoridad” que incluye nuestros obispos y sus representantes, teniendo en cuenta la misteriosa realidad de que nuestra iglesia es una  iglesia divinamente instituida y, a la vez, escandalosamente humana (cf. Lumen Gentium, No. 8).

La Unidad Católica

El trabajo que forja unidad debe incluir al obispo local (cf. Catecismo, No. 886). La unidad católica consiste, pues, en la unión de los fieles con su obispo. Juntos, fieles y obispo, conforman la Iglesia local. Estas Iglesias locales están, a su vez,  unidas al Vicario de Cristo (el Papa) para conformar la Iglesia universal. A menudo, los fieles Católicos se sienten olvidados y desconectados del oficio episcopal de su obispo. Esta división puede llevar a un mal entendimiento y generar mucha desconfianza. Tenemos que luchar contra esta tendencia con toda nuestras fuerzas. Es esencial el encontrar maneras de fomentar la confianza a nivel local. Un componente fundamental de nuestra lealtad al Papa es nuestra lealtad a sus obispos. A cada obispo se le ha sido confiada la autoridad apostólica (Catecismo, Nos. 862,894-96). Ser  miembro de la Familia de Dios implica aceptar el cuidado paternal de nuestro obispo. Debemos hacer todo lo que esta en nuestras manos para poder mantener una relación fuerte y vital con nuestro obispo.

Nuestra  verdadera identidad común como Católicos está basada en las sagradas escrituras y la tradición apostólica fielmente transmitida a través de la autoridad pastoral y catequética del Santo Padre y de los obispos. Si tenemos buenas razones para creer que el obispo o uno de sus representantes se está desviando de las enseñanzas de la iglesia, es nuestro deber como laicos dialogar, con caridad, respeto y en privado, con los individuos involucrados para, de esta manera, afianzar la unidad Católica. Los católicos están obligados a mantenerse firmemente fieles a todos los obispos en comunión con el Papa. Pero no corresponde a la persona laica juzgar si un obispo, ya sea por su accionar o sus obras, continua estando “en comunión” con el Papa. Solo el Papa tiene esta potestad y solo él puede tomar esta delicada y difícil decisión. Es contra productivo insertar una cuña entre la Iglesia universal, representada por el Papa, y la diocesana o una iglesia “particular” encabezada por el obispo.

 

El fundador de CUF (Católicos Unidos para la Fe) H. Lyman Stebbins utilizo un ejemplo bíblico para ilustrar como deberíamos comportarnos si alguna vez caemos en cuenta que nuestro obispo esta equivocado. Poco después del diluvio, Noe se embriago. El noble patriarca estaba, sin lugar a dudas,  incurriendo en un grave error, pero sus hijos leales no dudaron en  cubrir su desnudez, mientras así caminaban en reversa (Gen. 9:23). Ellos así probaron su lealtad al patriarca, y recibieron las bendiciones correspondientes de su padre. Si se presentan dificultades, nosotros también debemos  probar, no sólo nuestra ortodoxia, pero nuestra lealtad, si, de igual manera, deseamos recibir las bendiciones de nuestro Padre Celestial.

 

Los obispos son seres humanos y, por lo tanto, no están libres de las flaquezas y debilidades que todos experimentamos en esta vida. La conducta o enseñanza de estos “vehículos humanos” no  siempre llega a ser digna de un apóstol de Jesucristo. Aun así, los católicos deben manifestar una piedad filial en todas las relaciones con sus obispos y sacerdotes, por el solo hecho de que ellos son nuestros “padres espirituales.” No debemos defender, patrocinar o hacer apología del error, pero  siempre estamos obligados a preservar la unidad en nuestra búsqueda de la verdad de Cristo.

 

La Obligación de Movernos de Fortaleza a Fortaleza

En nuestro deseo de ser fieles católicos,  debemos cultivar las virtudes que la verdadera fe nos enseña. Virtudes tales como la paciencia, la fortaleza, y sobre todo, la caridad. Si no somos compasivos, entonces no somos ortodoxos, no somos “genuinos” y, como el concilio Vaticano II nos enseña “El que no persevera en la caridad no es salvo” (Lumen Gentium, no. 14; Catequismo, No. 837).

De esta manera, todas nuestras acciones y obras deben estar impregnadas de la caridad. De modo que, si un caso muy especifico, a nivel parroquial o diocesano, no se resuelve satisfactoriamente y de acuerdo a nuestros intereses particulares, al final, nuestro Señor igual nos dirá: “Bien hecho, buen y fiel siervo (Mt. 25:21).

Nuestro gozo debe estar fundado en la virtud teológica de la esperanza, la cual, por definición, es imperturbable y no se desploma ante los problemas pasajeros de este mundo, ni siquiera aquellos relacionados con la Iglesia. Las palabras del Cardenal Newman, sobre este particular, son muy instructivas y de gran utilidad: “Confíen en la Iglesia de Dios implícitamente, aun cuando su propio criterio los llevara en una dirección diferente a la de ella, y los lleve [incluso] a dudar de su prudencia o exactitud…Dénle las gracias de que ella haya protegido la fe por tantas generaciones y hagan su parte en ayudarla a transmitir esa fe a generaciones futuras.”

La Iglesia desesperadamente necesita renovación y esta renovación no ocurrirá jamás sin tomar en cuenta la relación vital que debe existir entre los obispos y sus laicos.

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